¿PARA QUE IRNOS A AFRICA SI PODEMOS TENER UN SAFARÍ EN NUESTRA CASA?

Todo el mundo conoce la gran sensibilidad del género femenino y parte del masculino hacia los pequeños insectos que pueblan nuestras ciudades. Unos más y otros menos, todos en algún momento nos hemos asustado al encontrarnos con ese “BICHO” que aparece en un rincón o que entra por la ventana, dándonos cierto repelús.

María, siempre se consideró muy urbana. Todo comenzó al hacer las tareas del hogar una mañana de verano.  De manera casi autómata María recogió la ropa del tendedor y se dispuso a cambiar las sábanas de la cama.

Imaginaros la situación; ventanas abiertas, ventilando la habitación y María se dispone a hacer la cama, extiende la sábana blanca y sedosa, con mimo, quita las arrugas de forma grácil, sonríe al recordar los momentos vividos la noche anterior. Estira su flexible tronco para llegar bien a las esquinas del colchón, cuando de  repente, una sombra, y a continuación, un zumbido ¡ Bzzzz…!

Un pequeño escalofrío recorre la espina dorsal de María y sus miedos infantiles le vienen a la mente: ¡Diosssssssssss! -Exclama-  ¡Un biiiiiiiichoooo! Así gritaba María cuando era pequeña, -y cuando es mayor aunque ella no lo quiera reconocer- La suerte que tenía de pequeña era que sus padres o su hermano lidiaban dicha batalla contra los bichos o bien el insecticida, pero ahora María, se encontraba sola…!qué drama! La pobre tenía prisa porque había quedado con el novio y tenía poquito tiempo para perderlo con un ser de estas características.

María tuvo que decidir que hacer en ese momento, ¿lo elimino o intento que salga por la ventana? Dónde narices está que no lo veo….María abre la ventana, deshace de nuevo la cama, y no consigue ver al bicho. De repente un zumbido,  junto a la alfombra, una POLILLA ENORME , María se apresura sacando la zapatilla de su pie, cual madre de los 80, apunta, dispara y…..FALLA…. estas madres de ahora no aciertan como las de antes…falta de práctica…

La polilla, asustada, continúa su rumbo errático, lo cual enloquece todavía más a María, ella tiene una solución rápida, el insecticida nunca falla… Después de vaciar medio bote en la habitación y quedar medio intoxicada, a María le parece que el bicho se relame, le gusta la dosis y parece que quiera más, revive, a pesar del histerismo de nuestra protagonista. El bicho quiere guerra, hay que utilizar métodos de última generación, lanzamiento de paño de cocina será lo siguiente…

Con su puntería legendaria los golpes de María iban proyectados donde precisamente no estaba el bicho. El pequeño insecto parecía entrenado por los marines para esta guerra, huía de ella pero insistía en quedarse con ella en la habitación.

Cuando la paciencia de María estaba ya al límite, sonó la música “tachán….!!”y cual Rambo, en versión femenina, se ató el cinturón rojo del albornoz en su frente sudorosa, en una mano el bote de insecticida, en la otra, el matamoscas, sólo le faltaba el machete en la boca. Anudó su camisa bajo su firme pecho y cuando volvió a entrar en la habitación, el pobre insecto la vió, se asustó, y pensó; ¡oh… oh… ésta viene a por míiiii..!


Su ubicación, esta vez era en la cama. Revoleteaba sin consuelo, intentando buscar la salida. María, consiguió con sus sútiles artiMAÑAS (por ser de Zaragoza) y como Agustina de Aragón consiguió derrotar al enemigo y al fin, fue capturado. 
Su cuerpo se agitaba en sus manos, el aleteo de sus alas era cada vez más rápido, buscando su libertad. El pobre animal veía su triste final cada vez más cercano.

María por fin  sonreía. Saboreaba la victoria. Ella tenía un corazón muy sensible, el cual le indicó que abriera la ventana para darle una segunda oportunidad.

María, orgullosa, lo liberó y pese a sus miedos, confiaba en no volverlo a ver NUNCA JAMÁS.


La cacería terminó, y María se apresuraba, estaba acicalándose para la cita con su novio. Todo quedó en una anécdota urbana.